La canción ‘Caruso’ —quizás la más emblemática de Dalla; al parecer, la que él más amaba— nació en la suite de un hotel: el Excelsior Vittoria de Sorrento (Nápoles). ¿Quién no se ha emocionado alguna vez al escucharla? ¿Quién no identifica al instante su melancolía, su desgarrador ‘te voglio bene assai’?
Entre junio y julio de 1921, ya conveleciente de su enfermedad, Enrico Caruso se alojó en el Vittoria de Sorrento. Pocos días después fallecía el tenor, el 2 de agosto de 1921; en otro hotel, el Vesuvio de Nápoles. Desde entonces, aquella habitación del Vittoria lleva su nombre: la suite Caruso.
Muchos años después, por mera casualidad, Lucio Dalla ocupa esa misma habitación. Visita Sorrento y decide dar un paseo en barco, rumbo a Capri. Un fallo en el motor, y la barca hubo de ser remolcada hasta el puerto. Su amigo Lucas Fiorentino, propietario del Vittoria, le invita a alojarse en su hotel. Y le cuenta la historia: el tenor napolitano daba clases de canto a una ragazzina de la cual se enamoró.
Otras fuentes aseguran que fue Angelo Leonelli, amigo suyo y proprietario del bar La Scogliera, en el puerto de Marina Piccola, quien le narró la historia. El caso es que en Sorrento, “qui dove il mare luccica”, en la misma habitación que sesenta y cinco años antes ocupó Caruso, el boloñés Lucio Dalla escribió esta canción en homenaje al gran tenor napolitano. Editada por primera vez en 1986, en DallAmericaCaruso, ni el propio Dalla se esperaba tal arrollador éxito. Y todo, porque el destino, en forma de barca, se negó a abandonar Sorrento…
Con estas palabras lo rememoraba Dalla en abril de 2002:
“Mi si ruppe la barca, ero tra Sorrento e Capri, mi ospitarono degli amici proprietari dell’ albergo dove morì il grande tenore Enrico Caruso. Per tre giorni sentii raccontare la storia del maestro e di quella ragazzina a cui dava lezione di canto e di cui era innamorato. Mi raccontavano di come, in punto di morte, gli fosse tornata una voce così potente che anche i pescatori di lampare la udirono e tornarono nel porto per ascoltarla. Caruso è nata così”.
Qui dove il mare luccica
e tira forte il vento
su una vecchia terrazza davanti al golfo di Surriento
un uomo abbraccia una ragazza
dopo che aveva pianto
poi si schiarisce la voce e ricomincia il canto:
Te voglio bene assai
ma tanto tanto bene sai
è una catena ormai
che scioglie il sangue dint’e vene sai…
Cuánto hay de leyenda en la historia de la ragazza y en los pescadores que regresaron al puerto al escuchar la voz de Caruso, su último canto, nunca lo sabremos. Tampoco hace falta. Nos basta con escuchar la canción. De ella hay muchas versiones, como en el Romancero. Ninguna como la de su creador. Gracias, Lucio Dalla. Per sempre.
Carlos Munguía falleció el pasado 20 de febrero de 2012 en su ciudad natal, Donostia-San Sebastián. La mala nueva nos la comunicaba ayer su nieto, Munguía:
Hoy no vengo a dar alegrías, y me temo que debo contaros que el lunes falleció el tenor vasco Carlos Munguía a la edad de 90 años en su domicilio, tranquilo y sin dolor, y rodeado de los suyos. En paz descanses, aitona.
En las crónicas y críticas de prensa que hemos hallado sobre las actuaciones de Carlos Munguía, destacan sobre el tenor donostiarra, la musicalidad, la fluidez en su canto, el talento dramático, el sentimiento, la entrega. Reproducimos textualmente algunas de ellas.
La primera corresponde a su actuación en Mendi-Mendiyan, de José María Usandiazaga, en el Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián, en 1951. El 18, 20 (en función de tarde) y 21 de enero, interpretaron los roles principales María Luisa Nache (Andrea), Jesús de Gaviria * (Joshe Mari) y Pablo Vidal (Juan Cruz). Coros y danzas del Orfeón Donostiarra. En todas las representaciones dirigió Ramón Usandizaga, hermano del autor.
El 20 de enero por la noche, función de carácter popular, asumió el personaje de Joshe Mari Carlos Munguía, por entonces en los inicios de su carrera, junto a Angelita Calvo (Andrea) e Ignacio Munguía (Juan Cruz). Completaron el reparto, Joaquina Belaustegui, José María Maiza y Nicolás Aldanondo.
Escuchamos, sencillamente, una gran versión de Mendi-Mendiyan. La orquesta […] sonó tan bien como el primer día, en muy buenos solos del violín de Asiain; pero por lo mismo que los artistas no eran profesionales, su mérito destacaba sobre cualquier otro. Carlos Munguía tuvo una noche de triunfo; la capacidad de su voz, la fluidez con que canta y el acertado sentido interpretativo que posee le llevaron a donde quiso, logrando una romanza del segundo acto prodigiosa (La Voz de España, 21 de enero de 1951).
Angelita Calvo e Ignacio Munguía supieron vivir los personajes y cantarlos bien. […] El tenor Carlos Munguía brilló a gran altura. Tiene el joven solista del Orfeón Donostiarra grandes cualidades para este arte, y tanto la romanza del segundo acto como el ‘racconto’ del tercero, números esperados con gran interés, lograron levantar merecidas ovaciones, al igual que en diversos momentos de la obra (El Diario Vasco, 21 de enero de 1951).
Carlos Munguía interpretó el rol de Adrián en La Llama, de Usandizaga, en 1953, también en el Victoria Eugenia, y en la que también cantó su hermano, el barítono Ignacio Munguía.
Fue el 21 de enero de 1953, junto a Angelita Calvo (Tamar), María Jesús Gárate (Aisa), Ignacio Munguía (El sultán / El oráculo):
Angelita Calvo y Carlos Munguía fueron ovacionados con gran cariño, y el tenor se vio obligado a repetir la nostálgica romanza del tercer acto, y ambos, el dúo del cuadro final. Magnífico en su breve papel el barítono Ignacio Munguía y, demostrando sus posibilidades de artista, María Teresa Eceiza. Muy bien, Joaquinita Belaustegui, José María Maiza y Julio Uribe. Y acertado y expresivo, Aldanondo. Lo mismo decimos de María Jesús Gárate y María del Carmen Pérez Parral (El Diario Vasco, 22 de enero de 1953).
En las representaciones anteriores, 17, 18 y 20 de enero, cantaron María Luisa Nache (Tamar), Pablo Civil (Adrián), Inés Rivadeneira (Aisa) y Manuel Ausensi (El sultán). A la batuta, en las cuatro, Ramón Usandizaga.
En 1954, canta Munguía en Las golondrinas, de Usandiazaga: días 16, 17 y 20 de enero, Teatro Victoria Eugenia. Tres únicas representaciones interpretadas por Pilar Lorengar (Lina), Rosario Gómez (Cecilia), Pablo Vidal (Puck), Carlos Munguía (Juanito), Nicolás Aldanondo (Roberto) y Fernando Miguel (Un caballero). Dirigió Ramón Usandizaga.
Las críticas de prensa siguientes pertenecen a la temporada de zarzuela que realizó Munguía en mayo de 1962 en el Teatro Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria.
La primera corresponde a su actuación en La bruja, de Ruperto Chapí, que cantó el 16 y 17 de mayo, junto a Amparo Azcón, Carlos Morris, Fina Gessa, Luis Franco.
Ayer [17 de mayo], y también el miércoles [16] por la noche, se montó La bruja, de Chapí, en el Teatro Perez Galdós por la compañía de zarzuela de Paco Kraus. […]
A su lado [al de Amparo Azcón] destacó el tenor Carlos Munguía, siempre muy musical y muy seguro, con la voz ayer flotándole a flor de labios y recreándose en todas sus intervenciones. Los dos fueron largamente aplaudidos por el público, público que obligó a que el telón se alzara repetidas veces en los finales de acto (Falange, 18 de mayo de 1962).
La que sigue corresponde a su actuación en La del soto del parral, de Soutullo y Vert, que Munguía cantó el 24 de mayo, junto a Amparo Azcón, Francisco Kraus, Fina Gessa, Luis Franco. Dirigió José Terol.
Por primera vez nos interesó —se entiende, que cantándola— la zarzuela, oímos voces, cantantes, conjunto, unidad, altura. Sin duda alguna, La del soto del parral ha sido el mejor estreno que nos ha ofrecido la compañía de Paco Kraus. Así lo ratificó el público con su aplauso entusiasmado. […]
Amparo Azcón, Paco Kraus y Carlos Munguía fueron los intérpretes afortunados de este inolvidable éxito. La soprano, inmersa siempre en su temperamento, volcó su drama entregada completamente a su personaje de Aurora. […] La del soto del parral es para Paco Kraus obra a medida. Su voz se mueve sin tensiones en la tesitura de la obra, tesitura, por otra parte, no fácil de sostener. […]
Y Carlos Munguía —¡tuvimos tenor por fin en La del soto del parral!—, en el mismo tono y ritmo que el barítono y la soprano, puso un vivo sentimiento en todas sus intervenciones. El tenor sabe conseguir unos efectos dramáticos de gran eficacia, como lo demostró en el concertante final, pero siempre atento a la buena emisión —que es esencial— y a la medida musical (Falange, 25 de mayo de 1962).
…………..
* En el Diccionario de cantantes líricos españoles (1997, pág. 94), de Joaquín Martín de Sagarmínaga, se consigna sobre Fidela Campiña: “su carrera finalizó en 1948 […], pero posteriormente cantó Mendi-Mendiyan, con Gaviria, en el Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián”; y en Mitos y susurros. 50 años de lírica en España (2010, pág. 304), del mismo autor, se consigna que Gaviria cantó Mendi-Mendiyan en el Teatro Victoria Eugenia en 1948. No fue así. Gaviria cantó ese Mendi-Mendiyan en el Victoria Eugenia en 1951, y junto a María Luisa Nache. Campiña no volvió a actuar tras despedirse oficialmente de la escena lírica, en febrero de 1948.
¿Puede un violín transmitir el sentimiento vivaz de una jota? ¿Puede a uno entrarle ganas de bailar y soltarse la melena (o el delantal)?;-) ¿Sin guitarras, bandurrias, castañuelas, dulzainas ni tamboriles?… Puede.
Claro que la jota es del genial Sarasate; y la interpretación, de un gran maestro: el excepcional violinista cubano de origen navarro Eduardo Hernández Asiain. Al piano, estupenda también, Lily (Araceli) Hernández Asiain.
Nació con muy mala prensa. Nos lo pintaron mal. Que iba a ser malo, muy malo. ¿Se lo vamos a permitir?… A por él, que sólo tiene 366 días (ni eso, 363;-) ¡Feliz 2012!
La soprano catalana Montserrat Figueras, excepcional intérprete de música medieval, renacentista y barroca, falleció ayer, 23 de noviembre, en su domicilio de Bellaterra (Barcelona).
Figueras fue un referente por su habilidad en compaginar la fidelidad a las fuentes históricas con su capacidad creativa y expresiva.
El pasado 20 de octubre, Josep Carreras presentó sus memorias en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona, escritas a dúo con el periodista y escritor Màrius Carol. “Los amantes de la ópera conocen mi trayectoria, pero aquí cuento cosas que me pasaron durante la aventura de crear Los Tres Tenores o cuando asumí la dirección musical de los Juegos Olímpicos, que nunca había contado públicamente”.
A viva voz está disponible en castellano (Plaza Janés) y catalán (Rosa dels Vents). Cuenta también con una traducción en alemán.
“Llegando casi a los 65 años, he pensado en dar un vistazo al retrovisor y recordar lo que ha sido mi vida, tanto en el aspecto profesional como en el aspecto personal, e intentar explicárselo a la gente, a las personas. Y también intentar explicar cuál es mi visión de ciertos aspectos de nuestra vida, de nuestra sociedad”.
Debut en La Scala, 1975: Un ballo in maschera ['La sua parola udrà', 'Dì tu se fedele' (Acto I) dúo de amor del segundo acto (con Montserrat Caballé), 'Ma se m'è forza perderti (Acto III)].
Primeras páginas del libro:
«Eran las dos de la tarde cuando Josep Carreras, con veintiocho años, salió del Teatro de la Scala de Milán por la puerta de artistas, situada en la via Filodrammatici. Antes de cruzar la plaza, miró con orgullo un cartel en la fachada del templo lírico que anunciaba la ópera Un ballo in maschera donde se podía leer su nombre en el papel de Riccardo, junto a los de Montserrat Caballé, que interpretaba a Amelia, y Renato Bruson, que representaba a Renato. Inesperadamente, sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo, a pesar de que lucía un sol de invierno que confortaba.
No se dejó intimidar por la sensación de abismo que por un momento le embargaba, así que se subió el cuello del abrigo, respiró profundamente y caminó con paso firme en dirección al Palazzo Marino para alcanzar la via degli Omenoni, donde tenía su apartamento Giuseppe di Stefano. El tenor italiano, un divo con una personalidad desbordante por el que Carreras sentía una profunda admiración desde que era muchacho, le había hecho llegar durante un ensayo una nota en la que le proponía ir a almorzar a su casa para probar unos espaguetis cocinados con pasión y poder charlar un rato sin atender al reloj.
Al pasar junto al monumento a Leonardo da Vinci, en mitad de la plaza, alzó la mirada y pensó que el escultor había reproducido al artista con una cara de preocupación que debía parecerse a la suya ante su debut en el más universal de los teatros del bel canto del mundo. A Carreras, las emociones se le acumulaban: iba a debutar en la catedral de la ópera y, unos días antes, su ídolo Di Stefano le abría las puertas de su casa en una evidente señal de afecto personal y de respeto artístico.
El tenor siciliano vivía en el primer piso de un inmueble señorial, en el número 2 de la via degli Omenoni. Era un apartamento espacioso, sobrio y elegante,con una decoración contenida y muebles clásicos, que Di Stefano compartía con su esposa Maria, una atractiva estadounidense, y los hijos del matrimonio. El salón, con grandes sofás de color blanco, disponía de un piano; apenas había referencias a la dilatada carrera del tenor, más allá de un par de carteles de unas primeras funciones en México o Estados Unidos, un disco de oro y unos pocos galardones seleccionados. Al tenor le obsesionaba que la casa pudiera parecer un templo a mayor gloria suya, cuando en realidad era el ámbito dedicado a su familia, por la que sentía verdadera devoción.
Cuando Di Stefano le abrió la puerta, le saludó exultante. Le ayudó a quitarse el abrigo y la bufanda, y le cogió por el hombro amistosamente para presentarle a su parentela. Carreras siempre recuerda la cordialidad con que le trató (”por favor, llámame Pippo”), de la misma manera que conserva la memoria gustativa de los spaghetti al pomodoro e basilico que le sirvió en la mesa, mientras descorchaba un vino piamontés que podía revivir a un muerto.
Vedrò con mio diletto
l’alma dell’alma mia,
il core del mio cor pien di contento.
E se dal caro oggetto
lungi convien che sia,
sospirerò penando ogni momento…
A los contratenores, “o se nos ama o se nos odia. La reacción es extrema porque no existe la indiferencia. Mientras a unos les parece ridículo que un hombre cante tan agudo, otros ensalzan nuestra voz y piden que se nos dejen más roles de mujer en la ópera”, declara el contratenor francés Philippe Jaroussky en una entrevista a El Cultural.es
—¿Cuánto le ha influido su formación como violinista en su carrera de contratenor?
—El violín me enseñó a ser preciso y a leer la música de una determinada manera, que sigue vigente en mi subconsciente. Forma parte de mi educación. Más tarde aprendí que no se puede cantar sólo con la mente, sino que el cuerpo entero, de la cabeza a los pies, juega un papel fundamental. Ahora sé que cantar bien es vivir bien: ser sincero con uno mismo y tener la conciencia tranquila.
—¿Cómo se ha repartido el espacio vocal con Cencic?
—La tesitura de contratenor ha demostrado ser mucho más amplia y versátil de lo que la gente pensaba. Cencic y yo tenemos dos instrumentos muy diferentes, pero al mismo tiempo el mérito de esta grabación es que estamos tan compenetrados que a veces no está claro quién es el que canta
—Tiene gracia que digan que canta como los ángeles cuando se trata de dar vida a ciertos roles monteverdianos, ¿no cree?
—Me gusta sacar jugo a esa ambigüedad, entre la forma de ser del personaje que interpreto y mi manera de cantar lo que éste dice y siente. Me permite sacar punta a los contrastes y a los matices expresivos, huyendo de la caricatura y del maniqueísmo. Nerone [La coronación de Popea], por ejemplo, es un loco pero también un soñador, un poeta y un idealista. Es un prisionero de su destino, es malo, pero sobre todo es auténtico. Y eso no lo puede decir todo el mundo.
—Y en las iglesias, ¿cómo concilia la devoción y la sensualidad del repertorio sacro?
—A la gente le desconcierta que me considere una persona espiritual y que me confiese ateo. Considero que es perfectamente compatible y, de hecho, me permite ir más allá. Cruzar, por ejemplo, la línea emocional del ‘Stabat Mater’ de Pergolesi. Demostrar que no todo es fe, también hay cuerpo y pasión.
—¿Y por qué no admite término medio la reacción del público ante los contratenores?
—O se nos ama o se nos odia. La reacción es extrema porque no existe la indiferencia. Mientras a unos les parece ridículo que un hombre cante tan agudo, otros ensalzan nuestra voz y piden que se nos dejen más roles de mujer en la ópera.
El pasado 19 de octubre de 2011 falleció en Buenos Aires la soprano Ana María Marcó, a los 67 años. Descanse en paz.
No tuve la suerte de conocer personalmente a Ana María, pero sí intercambiamos algunos mensajes y ella misma participó alguna vez en esta página. En esta familia, la de ‘Ópera, siempre’, hay alumnos suyos que recibieron sus enseñanzas como maestra de canto, la admiraron y la amaron: la admiran y la aman. En su nombre, y en el mío propio, vaya este humilde homenaje en su memoria.
La primera parte de la grabación ya la tenemos en casa. En la segunda (2:09), canta Ana María el ‘Ave María’ de (Bach/Gounod), acompañada por su esposo, el tenor Hugo Sorrenti.
Retomamos el camino. En Madrid parece haber llegado por fin el otoño. Llueven nostalgias, llueven recuerdos, y resulta que olvidamos el chubasquero. Suele pasar. Pero siempre, siempre, sale el sol. Caminemos;-)